Portbou.
800 habitantes. Aunque yo diría que he visto a unos 100.
Llegué ayer a eso de las diez de la noche. Sinceramente, me asusté. Un poco.
Ni un alma en la calle. Pocas farolas.
La estación de tren pintaba super chunga...o eso me pareció en la oscuridad. Gatos. Millones de gatos por todas partes. Creo que hay más gatos que personas...y algunos más amables que ese hombre que me ha echado con ímpetu y muy buena gana del colegio. Un colegio envidiable por cierto.
Silencio.
Mar.
Llegué al único chiringuito abierto en todo el pueblo. Me sablaron, sí.
Tenía ganas de hablar. Es que, llevo tanto tiempo rodeada de gente buena, que comer sin hablar se me hace extraño.
Francés. ¿Dónde ha quedado mi francés? Ni decir que viajo puedo. No me entiende nada, pero a mí que me da un poco igual y a veces sufro de verborrea, le cuento así por encima que vengo de Barcelona y en ingles y un catalán más chungo aun que la estación de tren le enseño mi libro de La Vuelta al Mundo en Ochenta Días.
Se ríe en toda mi cara. Y me dice que si pretendo hacerlo en solo dos meses y medio , mejor no vaya a pie.
Me río. Yo solo quiero recuperar mi francés paterno. Pero no me disgusta que me confunda con una pirada.
El camarero-propietario del chiringo ha sido boxeador en alguna otra vida.
Tiene todas las botellas de licores en unas estanterías de las que cuelgan tapetes de abuela hechos a mano. Fotografías y recortes de periódico de él mismo, que recuerdan que hubo tiempos mejores. Más felices.
Pago. Me marcho.
Llevo una mochila más grande que yo misma. Esta mañana he vuelto a abandonar ropa. He colgado mis zapatillas rojas en el casal de verano. Y he escrito mi nombre al lado del de los viajeros.
Llego a un hostal.
Hay un chico Peruano. Amable. Me manda a otro hostal más barato y que está cerrado.
Vuelvo. Alquilo un habitación.
Me cobra solo 25 euros, y como no hay apenas nadie, me da las llaves de una habitación con cama de matrimonio, ducha y lavabo al costat de la fenestra. En la puerta explican los precios reales de la habitación.
Madre mía con el turismo. Y con el poderío de la gente que tiene todo ese dinero que a otros les falta.
100 euros de habitación. Están todos locos.
Es una mansión de antaño. Las sábanas están limpiar y muy usadas. El cobertor es como el de mi abuela, de esos gordos y de hace mil años que ya no se ven por las tiendas.
Hay un par de cuadros pintado por una tal IDA VERDEL, que ha debido de pasarse toda la vida pintando porque cada metro y medio de pared encuentro un cuadro diferente.
Consta de tres plantas, con unas siete habitaciones en cada una.
Hay un baño y una ducha comunes también.
Una terraza cerrada con candado en lo más alto, las fachadas cubiertas de hiedra verde, verde.
Más gatos alrededor de la recepción.
Paso un rato abajo en la recepción con Pedro o Alvaro, no se bien. Me ha ofrecido meterme en una habitación a escondidas cada noche que decida dormir en este pueblo. Vive en Figueres desde hace un año. Desde hace 6 en España. Habla bastante un unos huevos que no tengo.
De lo chismosa que es la gente en el pueblo (las señoras sentadas delante de mi lo corroboran)
Hoy prob. le haré una visita. Pero no creo que me quede más.
Hablo con Sara por última vez. M me acompaña hasta la puerta del tren. Al menos no se queda a esperar que el tren se ponga en marcha. Y me acuerdo de Elsa. Y de lo dulce de sus labios.
Esta mañana he lavado la ropa interior y la he puesto a secar de tres ramas de un arbusto.
Solo llevo la guitarra y la riñonera. He dejado la maxi mochila en el hostal.
Me he tomado el desayuno en la terraza, que venía incluido.
Y me he echado 3 tazas de café...solo por si acá...y son los últimos algún tiempo.
Y no me sabe a mucho...
Hay varias casa abandonadas por la montaña. Pero parece que la gente ha decidido destinar los espacios a cagaderos de perro. En una el techo no parece ir a derrumbarse. Aunque pienso que si realmente me cuadra la habita de hotel, dormiré y me ducharé a altas horas de la mañana.
Subiré a esa gasolinera ya en el último bancal del pueblo y esperaré a que alguien me recoja.
Pero nevermind estoy ahora en un bar vacío tomando tapas y cañas por un euro.
Cómo amo la cerveza y los bares.
He pasado por el Mercat Municipal...y apenas hay dos puestos de pescado fresco, uno de carne y otro de verduras ecológicas. Carísimas.
Hay una sola farmacia que ni siquiera abre en festivos y un grownshop que perfuma a marihuana toda una calle.Cuatro licorerías. Son solo las 2 de la tarde.
Un colombiano chachi que me trae las birras.
Y un vientecito que es ya fresco y me eriza el vello de las piel.
No debe de haber muchos transeúntes, parezco un ente extraño.
Los niños me miran fijamente, se ríen y me despiden cada 10 min. He vagabundeado hasta la carretera que lleva hacia Francia...y durante esa hora me he encontrado de dos a tres veces con las mismas personas.
Esto es, realmente pequeño. El cartero reparte las cartas por las terrazas y por la calle según ve a la gente.
Curioso.
Estoy extasiada a ratos. Muy indecisa casi todo el tiempo.
Esperaré a la tarde, que es el momento en que los fumetas salen a las calles y los niños vuelven del instituto.
Y esperaré a encontrarme a alguien, que me de un poco de conversación.
Buenas Tardes.
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